Vamos a ponernos serios, que una cosa es el jueves a jueves cotidiano en la Tertulia y otra bien diferente la entrega del Premio al Mérito Gastronómico, que cada año otorga la República Independiente, Laica y Anárquica, por la Gracia de Dios de Brácana. Lo he dicho en años anteriores y me reitero en mi opinión. Lo comentaba el otro día con Labordeta, gran amante de la gastronomía ¡Fue todo un acierto reconocer el trabajo de la gente que trabaja entre fogones en la vecina ciudad de Montilla! Aún a riesgo de repetirme, si mañana mismo salierais de cualquier restaurante o chisnacle en el que sirvan comida, ¿sabríais decir el nombre del cocinero? Pues seguro que no. Es la razón por la que mis compinches, empujados por el Abertxale, impulsaron este reconocimiento, que no premia al restaurante en el que trabaja el cocinero, sino su buen hacer profesional entre fogones.
A este selecto grupo se sumó el jueves pasado el Paco Gómez, cocinero del Punto y Coma. Ya sabéis que allí muchos de los bracaneros dan más de un jornal a la semana, por ello hablan con conocimiento de causa al reconocer su labor culinaria. Como casi todos los cocineros que han pasado por la sede, el Paco Gómez es un tipo introvertido y poco hablador. Imagino que será cosa de andar toda la semana pendiente de sartenes, ollas y planchas, prácticamente sin cruzar palabra con la clientela. De hecho, algún sábado que otro que me he dejado caer por allí junto al personal, apenas si le he escuchado un escueto ·para la mesa doce". No obstante me pareció un elemento bonachón y simpático, que agradeció el premio siendo protagonista, no sé si por primera vez, de un reconocimiento público a su trabajo.
Allí más o menos se conocían todos, así que los preámbulos fueron ya a base de vino, y jamón y queso como entrantes. Ya sabéis de años anteriores como va esto de los premios y tampoco voy a engañar a nadie. Más allá del carácter moral de otorgar el premio, mis colegas se ponen tiernos a comer jatería de primera calidad, aprovechando los conocimientos culinarios de los cocineros. Hay quien dice por ahí que los engañan. Yo prefiero decir que establecen un intercambio mutuo de intereses. Pero vamos con los platos porque hablar de un nuevo Premio al Mérito Gastronómico, es hacerlo de comida a la altura de Lavergy.
El Paco Gómez sorprendió con un menú innovador abierto con una ensalada de pollo con mostaza. Aunque el personal bracanero está acostumbrado a las delicatessen culinarias del Ministro de Alimentación, escuché alguna vez que otra mientras atacaban los platos a mandíbula batiente como increpaban al Pepeluí, ofreciendo el puesto a el Paco Gómez. Si es que no tienen consideración alguna y mucho menos tacto. Me da a mí que la semana que viene habrá represalias desde la cocina porque, aunque el Ministro de Alimentación no es rencoroso, tampoco gusta de que lo te toquen los compañones más de lo estrictamente necesario.
Ya con la ensalada pertinentemente digerida, pasaron al segundo plato de la noche. De entrada hubo quien amagó con una finta al tartar de atún con aguacate que se marcó el Paco Gómez. Digo amagó, porque alguien apuntó que eso de comer algo crudo no iba con él. Y digo una vez más que amagó porque una vez probado, nadie pudo remediar rendirse a la excelencia de este plato digno de los mejores restaurantes. También se rindieron los dos cocineros profesionales presentes en la entrega del Premio al Mérito Gastronómico: el América como primer premiado y el Antonio Polonio como premio saliente. Ambos compartieron con el personal una vez más experiencias acumuladas durante años de experiencia profesional, y este último compartió protagonismo con el premio entrante en el momento más solemne de la noche.
Ante la atenta mirada del Presidente de la República, el Antonio Polonio entregaba los atributos propios del nombramiento, que quedarán a hora en poder de el Paco Gómez hasta el año que viene. El Cucharón de Palo es ya un símbolo del buen hacer culinario, cada doce meses cambiando de mano, pero siempre pasando por la República para su renovación.
No contentos con el menú, lo cerraron con una carrillada en salsa que provocó una vez más los gritos de reconocimiento al cocinero premiado. Baste decir que como suele pasar con este tipo de platos, volaron los sopones apurando platos como si se fuera a acabar el mundo.
Todo esto acabó con los digestivos de rigor. Bueno, ahora los llaman enigmáticos y, a partir de ahí llegó el descontrol: luces y música a todo trapo, para celebrar la entrega de un nuevo y merecido Premio al Mérito Gastronómico que alcanza ya su octava edición.
Marzo ha comenzado en Brácana con un nivel altísimo para apurar los últimos días del invierno. Hasta cinco invitados, uno de ellos ya veterano, pasaron el jueves por la República, respondiendo a las expectativas. Tres de ellos tiene un sobrenombre común que da miedo nada más escucharlo: CHUCHI. Sí, una vez más, miembros de esta saga familiar montillana pasaron por la sede, encabezados por el Antonio Salas.
En esta ocasión estuvo acompañado por su hijo el Dani y su hermano el Juan, además de el Paco Mesa y el Miguel Ángel Cruz. Con semejante cuadrilla sólo podía salir un buen ambiente tabernario, digno de las noches bracaneras más distinguidas. Para empezar diré que repasaron la crónica de sucesos de Montilla, con el pasado temporal de lluvia y viento, que ha hecho que algunos tejados y muros de casas viejas rindan pleitesía a Newton y su ley de la gravedad. En Brácana no ha habido que lamentar daños materiales. Desde el paso del huracán Tenedor por los Montes Bracaneros, la meteorología respeta sin que el personal tenga que preocuparse por lluvias ni vientos, al menos hasta la hora de salida.
Estando los Chuchis de por medio, es raro que no salgan a la palestra oficios y tradiciones antiguas que, afortunadamente, van pasando de generación en generación, gracias a la tradición oral. Una de ellas es el trabajo de los arrieros con los aparejos de los mulos. Eran aquellas personas que se ganaban la vida llevando mercancías de un lugar a otro mediante animales de carga. Se me ha venido a la cabeza ahora que lo escribo, alguna expresión en torno a ellos y, según parece, muchas eran las ocasiones en las que un arriero no pudo cerrar un trato a causa de que otro se le había adelantado o había hecho algún tipo de triquiñuela que dificultaba una venta. Por ello, conocedores de que los problemas y disputas no debían ser tratados en público arreglaban sus afrentas lejos de las poblaciones, utilizándose en tono de advertencia la expresión Arrieros somos y en el camino nos encontraremos, que viene a ser un Ya nos veremos tu y yo o Ya ajustaremos cuentas…
Toda la charla sobre los arrieros vino en torno a Cantarito, que no es otro que el borrico de el Chuchi. Según parece, el borrico tiene más tablas que el Ikea. No es que su amos lo traten mal, todo lo contrario, pero bueno, según contaron, se puede decir que el animal tiene personalidad propia y, al igual que la cabra, cuando se le antoja, tira p'al monte.
El otro apartado ya tradicional cuando aparecen el Chuchi y sus compinches es la comida a raudales. Queso, jamón, mejillones al vapor y chipirones rellenos fue el menú de la noche a bote pronto, que no está mal para ser jueves, ni para acabar a las tantas de la noche, digestivos y enigmáticos incluidos.
Sé que en Brácana no son muy amigos de supersticiones y cosas por el estilo, pero lo ocurrido el pasado jueves no me deja tranquilo. Por primera vez en la historia de la República se acabó el vino un jueves y eso es un síntoma de debilidad en cualquier estado romanizado que se precie. Su hubierais visto la cara del personal, entenderíais de lo que estoy hablando. Menos mal que al menos fue a última hora y que en ese momento ya la gente había ingerido líquido elemento para arder tres días enteros porque si no, el problema hubiera adquirido proporciones bíblicas.
He querido comenzar por ahí porque me parecía un dato importante, a la vez que un tirón de orejas a quien proceda ¡Qué van a pensar los embajadores, leche! Por cierto que la del jueves fue una tertulia de lo más corriente. Digo esto porque entre otros invitados, acudió el Manolo Quintero, electricista de profesión, acompañado de su hijo, el Manolo Quintero Junior. También estuvieron el Dani Marqués y el Antonio Casado, además de el Rafael Reyes, que abandonó la sede antes de tiempo, incluso sin jurar su cargo como nuevo embajador.
Si habéis contado bien, en total salen cinco invitados por tan solo ocho bracaneros. Las baja de el Maestro y el retraso en su llegada de el Silencioso y el Pijo del Magreb, mi amo, hizo que se mascara la tragedia ante un nuevo intento de golpe de Estado contra la República. Menos mal que los nuevos embajadores fueron civilizados y no aprovecharon la coyuntura. Más bien se dedicaron a beber y comer, como manda la tradición, apoyados en tertulias de taberna. Por ejemplo, las casualidades de la vida hicieron que el Quintero padre y el Silencioso se casaran el mismo día. Ambos atesoran ya más muescas que las pistolas de Billy el Niño, por ello parte de la tertulia se derivó en hablar de las vivencias de los presos políticos durante el franquismo, allá por la década de los 60. Se me eriza el plumón de la nuca sólo con pensarlo. Para olvidarlo, un breve repaso a la jatería del jueves: jamón, queso, salchichón, pajaritos fritos y fideuá.
Hoy no voy a contar mucho más porque tengo entre ceja y ceja a una jilguera que me ha hecho tilín desde su nido en los Montes Bracaneros y voy a darme un garbeo a ver si trinco algo. No obstante, antes de marcharme, dejo por escrito que el apocalipsis bracanero puede estar cerca: sin vino un jueves y casi con más invitados que habitantes de la República ¡OJO AL DATO!
Alcanzamos ya la mitad del mes de febrero con nuevo invitados, que ya son embajadores. Sí, ya sé que me he saltado la crónica del primer jueves del mes, pero ya sabéis que suele ser una tertulia aburrida en la que sólo se come y se bebe vino, además de averiguar las tertulias venideras. Vale, de acuerdo, ya sé lo que estáis pensando, que eso es lo que pasa semana tras semana, y en cierta forma lleváis razón, pero veo más razonable centrar mi concentración en la sangre nueva que llega a la República.
Lo dicho, que me quedo con la segunda de febrero en la que hubo una terna de invitados difícil de hilar. No me interpretéis mal. Simplemente quiero decir que fue un grupo heterogéneo, con el Paco García, el Rafa Núñez y el Rafa Contreras. El primero, abogado de profesión, también es responsable del área de seguridad del Ayuntamiento de Montilla, de ahí que lo invitaran para adquirir ciertos favores si, llegado el caso, la cosa se pone fea. El Rafa Núñez es comercial del textil y lleva más kilómetros encima que el baúl de la Piquer. Por último, el Rafa Contreras es un veterano de guerra, superviviente de la extinta taberna El Perro Andaluz. Como veis hablo de un grupo dispar pero bien avenido, que diría el otro.
La charla comenzó con los ecos del Real Madrid- PSG de Champions (3-1 para los merengues) con los blanquillos sacando pecho. Mientras trasegaban sin pasión el Fino Panteón aportado el el Rafa que haciendo honor a su nombre, estaba de muerte, según decían. El Paco se tuvo que ausentar un rato por motivos laborales, pero volvió a tiempo para darle salida a un vino ruso que llevó: массандра бастардо. Coño, es difícil hasta para escribirlo. También al licor Don Mochi, que él mismo aportó. Es una suerte de licor de fruta natural preparado con aguardiente, destilado de mieles de caña integrales y frutas silvestres como el Jobo, Capulín, Naranja, Maracuya, Litchie y Ciruela. En román paladino, una bomba de relojería. No me extraña que a la hora de los juramentos el Rafa Núñez lo intentara con su mejor voluntad, pero es que simplemente la mezcla de vino y lícor le dejó el habla pa pegos.
Sí mantuvo la locuacidad el Rafa Contreras que repasó sus inicios en el mundo del vino en la taberna de su abuelo. Me vais a perdonar, pero no me quedé con el nombre es una de mis voladas mentales a otros paraísos. Lo que sí me guardé en la memoria es, al parecer, su abuelo lo llevaba al patio de La Unión en vez de a jugar al parque... cómo iba a salir el niño !!!
A lo mejor me pongo un poco pesado semana a semana con lo de la comida en Brácana, aunque esta vez entenderéis que mis exposiciones están más que justificadas. Seguramente muchos de vosotros estaréis acostumbrados a cenar una tortillita francesa, una ensaladita o un tomatico antes de reposar un poco en el sofá y desparramarse por la cama. Pues bien, aquí el personal es capaz de meterse un tapeo como la copa en vino, un venao en salsa y unas fabes para cenar, sin despeinarse. Vale, de acuerdo que no es lo habitual, pero sí mucho más de lo que podéis imaginar. En ese nivel gastronómico estuvieron mis compinches el jueves. Bueno, gastronómico y enológico también porque le atacaron a muerte al Fino María del Valle que trajo el Mario Alférez. Ya que he nombrado a este personajillo curioso, hay que hablar también de su acompañante, responsable de los ardores de madrugada de más de uno.
Si recordáis, hace un par de semanas el Mario estuvo por Brácana preparando la llegada de un nuevo embajador, el Manuel Cano. Los dos se sobraron para mantener a raya al personal bracanero, a base de comida. El Manolo Cano es un personaje con todas las letras. Es uno de los colegas profesionales que el Mario tiene en la zona oeste de la provincia de Córdoba, para más señas en Los Mochos. Le pega al vino que no veas y además, es aficionado a la caza de monte. Entenderéis por tanto lo del venado en salsa. Lo de las fabes también tiene una explicación. Es que la criatura, para disimular, le echó alubias al compango descomunal que llevaba el puchero en cuestión.
Vamos, sin conocimiento ninguno para una noche cualquiera entre semana. En ellas estaban, cuando entró mi amó encontrándose con el percal. Tal era el descontrol que cuando ya llevaba allí algún tiempo le dijo al Mario: "Eres el Kichi de Brácana" con la que estás liando hoy. Fijaos en el pelaje de el Manolo Cano, que en el juramento bracanero al tercer grito volvió a pedir vino cuando se dio cuenta de que tenía la copa vacía. Lo dicho, un elemento de cuidado.
En el consejo de ministros volvió a salir el tema de Medina Azahara, advirtiendo al Mario, perdón al Kichi, de que hiciera lo propio con su consorte para controlar al personal. Luego, la verdad, no son tan malos de comportamiento aunque, en Brácana, se les suelta el pelo y eso que muchos ya están calvos.
Al menos me tranquilizó saber que el Manolo no tenía que volver a casa. En Brácana son unos inconscientes para muchas cosas pero al menos no para la seguridad. Y claro, como todos iban a pie, se pararon un ratito a darse unos latigassos.... como el Rosario de la Aurora acabó aquello.
Hoy vuelvo dos semanas después de la última Tertulia. Tras la visita de los maestros se dieron, bueno nos dimos, una semanita de respiro sin invitados, para preparar futuros saraos. En realidad fue una semana también de preparación, porque el Mario Alférez visitó una vez más la República para preparar la visita de un embajador de más allá del Portichuelo, que según parece llegará en breve a la República con un menú de lo más contundente.
No perdonan una los mu cabrones. Baste como ejemplo que el Paticorto y el Suerto aterrizaron en Brácana recién bajados del AVE, después de un día intenso de contactos en Madrid, participando en nombre de la República un año más, en la Feria Internacional del Turismo. Vamos, que lo único que les hace falta a esta gente es promoción.
El caso es que con esa tertulia de transición, en la que no faltó el vino y la jatería, se han plantado ya en la última quedada del mes de enero (otro a la talega, que diría mi amo). No tuvieron más remedio que pasar la quedada al miércoles por problemas de abastecimiento eléctrico a la jornada siguiente en Alvear.
Pero como los principios en Brácana son relativos, del jueves al miércoles y bebo porque me toca. Tres nuevos embajadores tiene la República desde entonces: el Miguel Gómez, el Juan Muñoz y el Francisco Villar. Todos ellos son colegas de el Silencioso que ha enmendado sus estadísticas de invitados. Ahora sí que responden pero claro, allí en Brácana, siguen llamándole matagatos. El caso es que fue una charla amena, esta vez sin borricadas dignas de mención, porque los cuerpecitos todavía están resentidos tras las navidades. Aún así, todavía tienen estómago para seguir comiendo y bebiendo, que eso sí que no lo perdonan. Los nuevos embajadores llegaron con un jatillo importante bajo el brazo, integrado por queso, salchichón, caña de lomo y aceitunas. No contentos con ello, prepararon de manera paralela unos mejillones de 'la mer' y un arroz con churrasco de pollo (esto no acabo de entenderlo, la verdad). Vamos, para que les dé algo malo un día de estos.
Yo también estoy sufriendo los efluvios de la Navidad y no me quedé con todos los temas de conversación, que fueron muchos y variados. Sí recuerdo que la nostalgia de épocas pasadas predominó en el ambiente, contando batallitas de lo más peculiar. También se habló de fútbol porque el Real Madrid ha caído eliminado de la Copa del Rey ante el Leganés. Evidentemente son cosas que no son pasadas por alto por un alto porcentaje de bracaneros entre culés, palanganas, colchoneros y béticos. Dicho de otra manera, que pusieron a los merengues de vuelta y media.
Otro aspecto destacado de la noche es que están preparando la diáspora hasta Medina Azahara, prevista para abril.
Ahí andan dándole vueltas a ver cómo pueden meter una bombona, un perol, el sofrito del arroz y un bag in box de vino en el yacimiento. Si es que son muy bestias. La pobre Inma, consorte de el Kichi, será la guía de la visita cultural y no sabe lo que se le viene encima. Ya os contaré.
Pasada ya la fiebre navideña, tocaba organizar en Brácana el nuevo calendario y, por supuesto, recibir a los primeros invitados del recién estrenado año. Ya os contaba la pasada semana que iba a ser una tertulia muy educativa, y no hablo precisamente de que mis compinches vayan a ampliar sus conocimientos académicos. Allí abajo son titulados cum laude en la Universidad de la Vida, esa en la que hay que espabilar a base de cocotazos. Aún así, siempre están dispuestos a recibir nuevos conocimientos que llegan de los Nuevos invitados, como los que pisaron tierra Santa el jueves. Llegaron de la mano de el Maestro, como antiguos colegas de profesión. La mayoría de ellos ya comparten retiro con el Presidente de la República, después de años de pupitres y tizas, ahora cambiados por mesas de grupo y pizarras digitales, en el instituto Inca Garcilaso.
Y es que la educación ha cambiado mucho en todo el tiempo en el que han ejercido como docentes. Precisamente ese fue el tema de conversación principal durante toda la noche. Porque da la casualidad de que muchos de mis amigos bracaneros, han tenidos como maestros o profesores a algunos de los invitados del jueves. Asaltaron Brácana por las bravas, llegando en bandadas hasta sumar un total de seis, más de la mitad de la población bracanera. Cuatro de ellos llegaban advertidos por el Maestro de cómo se las gastan por aquellos pagos, y también por el Chechu, que aprovechó la coyuntura para darse un desmarque con sus colegas de profesión. Los nuevos, a la par que veteranos maestros, fueron el Lorenzo Marqués, el Antonio Guzmán, el Manuel Torralbo, el José Muñoz y el Julián Moreno. A ellos se unió también el José Miguel Osuna, volviendo a Brácana después de años de espera. Aunque se habló mucho de educación, también se hizo en abundancia de vino.
Bueno, más que hablar del líquido elemento, lo que hicieron fue bebérselo. Y es que la camarilla del jueves tarda en pegarse un medio lo mismo que dura un caramelo en la puerta de un colegio. Aún así, entre copa y copa, tuvieron tiempo de repasar cómo eran los alumnos de antes: responsables a la vez que jaranistas, emprendedores pero también adolescentes con lo que ello conlleva.
Me llamó la atención que todos coincidían en señalar que son exactamente igual que los de ahora, pero con menos móviles, menos Internet, menos videoconsolas y menos flequillo. Entre tanta charla de educación, no perdonaron la jatería de los jueves que también fue de nivel gastronómico alto: jamón y queso para empezar, alcachofas al Montilla para continuar -aportadas por el Chechu- y, una vez pertinentemente tapeados, carne en salsa para comer de verdad. Así fue la noche, cogiendo ritmo después del largo peregrinaje navideño, y sin perdonar los digestivos de rigor.
Como veis, la cosa empieza con ritmo, si es que alguna vez se perdió, y por delante espera un largo 2018 repleto de vino, comida, buen rollo y muchos más invitados.