20 de marzo de 2017

20 de marzo de 2017 - Sin comentarios

Gente de taberna

Hay varios factores que son sinónimo de éxito, cuando confluyen en un mismo espacio. Me refiero a la acumulación de buena gente, buen vino y buena comida. Mal se tiene que dar la cosa para que la noche no acabe con esa sensación de satisfacción, que sólo conocen los parroquianos asiduos de las tabernas. Llevaba días dándole vueltas a cómo hilar la crónica del pasado jueves y, al final, el resumen es tan simple como recordar mis múltiples con el personal de Brácana. Porque, a fin de cuentas la sede se transforma cada jueves en taberna, barra incluida, y cada semana acaban arreglando el mundo. Por supuesto, a ello contribuyen los invitados que juran fidelidad a la República semana a semana, no todo va a ser mérito de mis colegas. El caso es que todos estos elementos a los que estoy haciendo referencia, se concentraron el pasado jueves, con almas de taberna por invitados. Tres de ellos ya los conoceréis, si sois asiduos de esta bitácora: el Pepe el Sastre y el Pepe Márquez (conocidos en Brácana como los Puretas), y el Chechu, otro boina verde en el noble arte de trasegar vino de la jarra a la copa. El único de los cuatro invitados que no había pisado aún Tierra Santa fue el Paquito Michel, hijo de el Saste. Llevaba tiempo metido en listas, pero por coincidencias astrales de la vida, aún no había tenido su estreno. Ya puede presumir, espero que así lo haga, de formar parte de la extensa familia bracanera, cuyos vínculos no son sanguíneos, sino vinateros.


Con semejante plantilla, era imposible que se escapara el partido. Digo esto, porque el nuevo embajador es un consumado futbolero que ponía la pelota donde ponía el ojo, según comentaron por allí, en sus tiempos mozos. Y doy fe de que así fue. Detalles hubo muchos, pero el que más me llamó la atención, es que los embajadores veteranos deambulan por la sede como si figuraran en el censo bracanero. Vamos, como Pedro por su casa, que dice el refranero. Además, con más tablas que el Ikea, acudieron surtidos de comestibles y bebestibles, para hacer frente a un invierno nuclear. De hecho hacía tiempo que el Ministro de alimentación no tenía un jueves tan plácido. Salvo unas croquetas que se marcó para justificar el sueldo, el resto de la jatería fue aportada por los embajadores. Además, no se quedaron cortos: alcachofas al Montilla y costillas. Todo ello fue pertinentemente regado con Fino El Sastre, del cual ya hubo una cata a finales del año 2015, durante la primera visita a Brácana de los Puretas. El que sí se quejó de lo lindo a lo largo de toda la noche fue mi amo, al que le tocó el turno de pinche semanal. Además coincidió que en la anterior visita de los dos cuñados -los pepes- también tuvo que limpiar las perolas y los platos. Fue el primer motivo de lamentos, el segundo que había pringue en los cacharros pa rabiar, y el último, no por ello menos importante, que no le dejaron hilar más de dos rimas seguidas durante la presentación del nuevo embajador.


Podría contar muchas cosas pero ya sabéis que me ampara el secreto de sumario. No obstante, sí que diré que se retomó la sana costumbre de enganchar un par de rondas al estilo Pasapalabra, de porteros míticos de fútbol y de chisnacles y tugurios de Montilla. Eso sí, como cada respuesta fue acompañada de las explicaciones oportunas, aquello se desmadró más de la cuenta. Mientras tanto, tuvieron que echar mano del Fino C.B., que siempre está cuando se le necesita. Como el personal iba ya en quinta a la hora de los digestivos, aprecié un detalle que me llamó la atención. El Silencioso suele aguantar, pero casi nunca echa la llave. No obstante, esta vez se hizo fuerte en la barra, acompañado de el Paquito Michel, el Paticorto y el Ministro de Alimentación, que doblaron ronda de digestivos...
Si es que no tienen jartura...


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